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A principios del siglo XX, algunos
escultores españoles tratan de romper con la hegemonía
de un academicismo obsoleto, ajeno al devenir
del medio fuera de nuestras fronteras, al tiempo
que luchan por insertar ese proceso renovador
en el contexto de una tradición que consideran
que ha sido traicionada, mucho más que en el descubrimiento
de una nueva tendencia. Modelada tres años antes
para optar una plaza de pensionado en la Academia
de Bellas Artes en Roma, que no consigue, el escultor
hace todo un alarde de superación del concepto
provinciano imperante de realismo mediante la
recreación de toda la tensión muscular que preside
ese torso sensual, como si buscase la esencia
del ritmo, o de la música, a través de un naturalismo
casi arquitectónico. Piezas como ésta le valieron
los sobrenombres de "el escultor de la raza" o
"el cincelador de Castilla" por el alto de grado
de representación simbólica e idealizada
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