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La escultura de Rafael Mayo se
presta a ser leída desde varios puntos de vista.
Por un lado, como una metáfora acerca de cómo
la forma se halla encerrada en el interior de
la masa, a la espera de cobrar existencia (un
argumento que se ha repetido a menudo en la historia
de la escultura y que tiene una importante referencia
visual en los inacabados esclavos de Miguel Ángel
de la Galería de la Academia). En este caso, además,
la singularización está apoyada por la circunstancia
de que el material con el que resuelve las manos
sea el bronce. Por otro lado, como reflexión sobre
el entierro de la figuración "sensu estrictu",
muy generalizado a partir de la eclosión de las
vanguardias, en el que algunos han querido ver
una evidencia de la deshumanización del arte contemporáneo.
Y en tercer y último lugar, como una alegoría
de la opresión que unas poderosas estructuras
sociales ejercen sobre el hombre actual, condenado
a una masificación de la que a duras penas consigue
escapar para reafirmar su condición de individuo.
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