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Pertenece este friso al periodo,
que comienza en 1965, de lo que Josep María Subirachs
ha denominado como "nueva figuración", en la que
después de un tiempo de adscripción a la abstracción,
el escultor se reencontró con el lenguaje formal
del clasicismo para hacer de él una lectura contemporánea.
Hay tres elementos muy significativos de su quehacer
de los últimos años que están presentes en esta
obra: la multiplicidad de formas (manifiesta,
aunque luego percibamos su individualización,
en la repetición de las ruedas), la oposición
lleno-vacío (que acentúa en la división entre
cada dos bloques y en el propio juego de volúmenes
del relieve) y la apelación, de reminiscencias
barrocas, a la curva y la contracurva (para la
que se vale en esta ocasión de ese juego de formas
circulares de más altorrelieve, unas cerradas
y otras partidas, que recuerdan algunos detalles
del Monumento a las Olimpiadas que levantó en
México D.F. en 1968).
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