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En un período de malestar de la
cultura, propio de las sociedades que han decidido
poner el énfasis de sus esfuerzos en un imparable
desarrollismo industrial, es lógico que algunas
artistas vuelvan la vista hacia el componente
de irracionalidad en el que estamos inmersos para
poner en pie artefactos que a ciencia cierta no
sabemos si pertenecen al mundo de lo industrial
o de lo postindustrial y que, por encima de cualquier
otra apreciación, antes que nada despiertan nuestra
incertidumbre. Lejos ya de la sorpresa que buscaban
los surrealistas con sus "objetos encontrados",
pese a compartir con ellos esta obra de Cellalbo
buena parte de su iconoclastia, y lejos también
de las máquinas cuasi espectrales de Tinguély,
pero con algo también de su condición amenazadora,
estamos ante una pieza que pone en cuestión la
lógica funcional y pragmática de ese ídolo del
desarrollo que ha constituido la máquina. .
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