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Dentro del panorama más actual
de la joven escultura española, la obra de Domènec
se alinearía con la de aquellos creadores que,
en su afán de prescindir de los elementos anecdóticos
y literarios, han acabado recurriendo a una síntesis
formal que les emparenta en ocasiones con la fuerza
primigenia que poseen los símbolos del arte primitivo.
Domènec se ha servido de ese proceso de simplificación
para hablar de aquellos aspectos más sustanciales
del mundo de las ideas. Operando sobre el ámbito
de la memoria, en 1989 Domènec nos proponía una
suerte de imágenes puras, como las ideas de Platón,
que escapaban de la caverna mental para ser enunciados
de pensamientos acerca de la noche en la que todos
estamos sumidos. Y en ese proceso de ida y vuelta,
que poseía mucho de exorcización, el artista se
servía de unos signos muy elementales para hablar
de esa dualidad interna de afirmación/negación
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