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Cuando en 1991 Ricardo Catania
presentó ésta y otras piezas similares como parte
de una instalación, sorprendió la vaciedad de
sus piezas, que, no obstante, seguían poseyendo
una sintaxis muy en sintonía con la de sus anteriores
muestras. En esos instantes, el escultor aparecía
especialmente preocupado por la recuperación del
silencio para facilitar una mayor meditación del
espectador. Un silencio que, para una persona
con sus preocupaciones humanistas, se convertía
en su forma de oponerse al ruido que en los últimos
años puebla el panorama artístico. En esa suerte
de ascetismo, las esculturas parecían integrarse
en el espacio real con la finalidad de convertirlo
en espacio interior y, por tanto, de convivencia.
"Es probable", confesaba Catania, "que si busco
un lenguaje más vacío sea por reafirmar el término
escultura". No otra, en efecto, había venido siendo
su trayectoria de desasimiento (como en su día
le sucediera con la pintura), en la que progresivamente
las referencias históricas y los modos formales
habían ido desapareciendo..
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