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Pese a la apariencia escultórica
de esta obra, toda la producción de Jesús Pastor
ha estado encaminada a interrogarse sobre algunos
aspectos fundamentales de la creación pictórica
como si fueran cuestiones pertenecientes al ámbito
de lo filosófico. Así, por ejemplo, en el período
al que pertenece esta pieza, la gran pregunta
que recorría su quehacer era la del origen de
la pintura. Sirviéndose de la huella casi imperceptible
que en el papel deja la fotocopia, y ampliándola
hasta extremos en que su visibilidad cobrase la
apariencia de superficies horadadas, Pastor se
entregaba a la paradoja de extraer materia del
vacío, o, por recurrir a un símil más afín al
proceso electrográfico empleado, extraer luz de
la oscuridad.
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