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Esta clase de escultura, que
produce una transformación óptica (Sobrino es
uno de nuestros más respetados representantes
del movimiento óptico-cinético),
crea un especial estado sensitivo en el espectador,
que se ve involucrado en un diálogo con la pieza.
A la vez, mediante la intersección de esos
segmentos, donde se delimitan varios sectores
lumínicos,
el escultor define una de sus máximas aspiraciones:
la claridad, en la doble acepción discursiva
y lumínica. "Lo que me preocupa", explica, "es
el control de lo que hago, la claridad de la
expresión.
Es más importante la claridad de una palabra
que un grito oscuro. Y me inquieta la comprensión,
que se comprenda. Por eso el mío es un proceso
de búsqueda de claridad. El uso de formas geométricas
no es por gusto estético, sino por claridad;
por tratar de buscar vocabularios nuevos.
Mi obra quiero que sea comunicable, comprensible.
No me interesan los monólogos". No cabe duda,
por otro lado, que cuando esa obra es insertada
en un contexto activo, como es el caso, contribuye
a producir una transformación óptica del
paisaje.
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