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De entre las diversas actitudes
que brinda el arte para relacionarse con la Naturaleza,
Alberto Bañuelos ha escogido una de las más modestas,
a menudo hasta aparentemente anónima. Las distintas
materias que el escultor escoge -piedra de calatorao
para "Paisaje" y basalto para "León"- son sometidas
a una manipulación harto respetuosa, como si Bañuelos
tratase de no desposeerlas de la autonomía inicial
que poseían cuando se encontraban "in situ". La
presencia de esa intervención queda reducida,
por tanto, a unos pequeños signos, propios del
tallado, con un criterio no tan alejado del que
pudo poseer un escultor prehistórico; pero que
bastan, como en el caso de tantas piezas encontradas
del Neolítico, para captar la impronta del hombre.
Es por eso, sin duda, que se ha dicho que es un
buen exponente de lo que podríamos definir como
"escultura-escritura", ya que sus signos hacen
las veces de intermediarios entre la materia y
el sentido que, descontextualizada, cobra ésta
para los espectadores. O dicho de otro modo: el
escultor trata de hacer hablar a la Naturaleza
buscando nuevas formas semióticas.
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