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Una
bola de cobre con tres inquietantes varillas ha
impactado sobre la placa más pequeña, más débil,
de esa disposición piramidal causando un daño
en su estructura que se nos antoja más decisivo
e irreversible que en el resto de las placas,
más grandes y fuertes, en las que la destrucción,
pese a dejar su huella, no parece desvirtuar de
igual manera su condición. Como en las visones
goyescas, el espectador que repara en esta lectura,
aún ha de proponerse, no obstante, interrogantes
de mayor alcance acerca del estadio concreto que
refleja esa obra por su condición de abierta.
No sabemos si estamos en el comienzo de un proceso
o en su final. El factor tiempo, sumado a la sorpresa,
hace que los sentidos y la razón permanezcan tan
en suspenso como ese artefacto mortal.
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