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Esta
obra esconde toda una meditación sobre los conflictos
bélicos en los que reiteradamente los individuos
nos vemos inmersos sin percibir a menudo el alcance
de su componente destructivo. Así, esos pilares
de madera antigua y carcomida acusan en su desequilibrio
la fragilidad de los estamentos que sustentan y
auspician todas esas contiendas, frente a cuya evidencia,
como señalan las fijaciones móviles en que se apoyan,
la mente humana trata de adaptarse con el único
afán de sobrevivir más que el de comprender su absurdo.
Mientras, las placas de acero ejemplifican, en su
diversidad de tamaños y en su orden, una estructura
social que se trasciende por el número mágico al
que Angelini recurre, el cinco, que es el símbolo
del hombre por excelencia, pero también lo es de
los sentidos, relacionados a su vez con las formas
de las materias. |