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En la escultura de Plensa se ha
visto siempre un ejercicio de trabajo sobre la
memoria, una búsqueda de los símbolos compartidos,
que es lo que la ha conferido esa condición un
tanto totémica que posee. "Miro mi obra", comentaba,
"y tengo la sensación de que son objetos que se
pueden reconocer, pero no acaban de reconocerse,
formas que no han existido, formas que me faltan".
Después de una etapa en la que el escultor cortaba
y doblaba el hierro, y coincidiendo con uno de
sus periodos más atormentados, empezó a moldear
este material viendo en él un soporte, en el que
poder plasmar su historia, antes que una finalidad,
como les estaba sucediendo a muchos de sus contemporáneos.
Esa manera de afrontar el hierro como si fuera
arcilla, de la que es elocuente "La Raó", convirtió
a sus obras en una expresión directa, brutal y
tajante de sus emociones y de su deseo de conocimiento
(a la postre, por su condición simbólica, el nuestro).
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