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Eran, más que artesanos, auténticos
escultores, y sus iniciales quedaban registradas
en las estatuas y relieves ornamentales que llevaban
a cabo. Justo por esa razón, su consideración
profesional en aquellas obras llamadas a proyectarse
en la eternidad trascendía con mucho la de otros
oficios. Galicia contó con auténticos especialistas
en el tallado de la piedra dura, del mármol y
del alabastro, una tradición afortunadamente recuperada
en las últimas décadas, cuando parecía destinada
a la extinción, y es a estos anónimos personajes
a los que Cordal Quintans tributa su homenaje
en una época marcada por la presencia de unas
grandes edificaciones civiles que, como aquellas
antiguas catedrales, aspiran a ser emblemáticas
del tiempo en que fueron alzadas.
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