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En aquellas catedrales que florecieron
durante el apogeo del gótico, y en las que inicialmente
se trabajaba en silencio con arreglo a las pautas
de la tradición monástica, el cantero fue un personaje
sobresaliente de entre el importante conjunto
de operarios especializados bajo las órdenes del
maestro albañil. En medio de aquella estructura
jerarquizada, sólo los auténticos canteros profesionales
tenían acceso al tallado de los bloques menores
que se extraían de la cantera, a los que conferían
las oportunas formas para ornato del exterior
del templo. Mientras los peones se limitaban a
cortar y colocar en su correspondiente lugar las
piedras, estos especialistas, que contaban con
sus correspondientes ayudantes (los fámulos),
y que indistintamente tallaban en la propia cantera,
en la obra, o en su logia, cobraban por pieza
realizada, ya fuera para adorno de puertas, ventanas,
junturas u otras partes de la edificación.
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