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Una vez superada la etapa de abstracción
en la que eran constantes las referencias a las
formas orgánicas, un periodo que podemos dar aproximadamente
por concluido a fines de los años setenta, Teresa
Eguibar emprendió un nuevo camino, con el que
está emparentada esta pieza. Básicamente, se trataba
de lograr una escultura mucho más aérea y, por
tanto, en un grado mayor de relación con el espacio
que la circundaba. Vibración, vuelo y acto de
fuga eran, entonces, las tres constantes obsesivas
de esa propuesta de delimitación y sensibilización
espacial.
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