|
La artista se coloca, con esta
obra, en una concepción del muralismo coincidente
con algunos de los postulados que para el mismo
reservó el constructivismo, tan especialmente
sensible a la estructura funcional de una imagen
tendente a conferir un significado estético, comunicativo
y social a la obra. El concepto de individualidad
es apartado a un segundo plano por extraño, y
de ahí la presencia única y anónima de esa silueta
humana, todo un símbolo primario, frente a la
fenomenización de esos lienzos de resonancias
topográficas que entrelazan unas lenguas metálicas
que, como los dos conjuntos de ruedas, otro símbolo
expresivo, subrayan la respuestas que la gente
confiere a un espacio que ha sido y es testigo
del afán por encontrarse y comunicarse más allá
de las singularidades, o de los contrastes, que
ejemplifica aquí la suma de materiales.
|