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En el contexto de afirmación del
arte gallego que se produjo a principios de los
años ochenta, Leiro fue una de las figuras que
más pronto gozaron del reconocimiento de la crítica
especializada. Su propuesta se interpretó en aquel
momento como una muestra de fidelidad a los modelos
románicos y barrocos de la imaginería gallega
que el artista, imbuido por corrientes como la
transvanguardia o el neoexpresionismo, trataba
de actualizar. Aún existiendo parte de verdad
en aquella interpretación, pues Leiro posee una
mirada intrínsecamente gallega, lo cierto es que
era una forma demasiado cómoda de encarar su trabajo.
"El temporal", así planteadas las cosas, podía
verse como una cita literal, no exenta de ironía,
a una iconografía local. Pero, en su idea del
volumen y en su empleo de la fuerza expresiva
del lenguaje, harto brutalista, el escultor aportaba
modificaciones a ese vínculo antropológico.
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