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Cuando Agustín Ibarrola empieza
a actuar, en los años ochenta, sobre los pinos
de un bosque próximo a su caserío y a trabajar
con unas traviesas de ferrocarril desechadas por
Renfe no hacía sino profundizar en una de las
dimensiones que había estado presente incluso
en sus trabajos más comprometidos ideológicamente:
la dimensión de lo totémico. Las poderosas imágenes
de sus obreros, que cobraron una dimensión simbólica
entre los antifranquistas, poseían ya algo de
tótem, de símbolo ancestral ligado al mundo de
la naturaleza. En sus experiencias en el bosque,
Ibarrola desarrolló una investigación espacial
y lingüística que perseguía una recuperación de
la memoria a través de lo que de ella pervive
en la naturaleza. Junto a la referencia a la necesidad
de demarcación del territorio en el hombre primitivo,
el pino le permitía conjugar, mediante sus intervenciones,
el espíritu de la vanguardia y el mundo de la
cultura material que se toca y se habita.
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