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En esta excelente cabeza, ejemplar
número cuatro de una serie de veintiséis,
que representa a Sabino Arana, el padre del nacionalismo
vasco, de forma menos estilizada que en sus figuras
de la Basílica de Aránzazu, detectamos,
sin embargo, algunas de las interrogantes planteadas
en aquellos otros de sus trabajos más experimentales.
En primer lugar, el esfuerzo por establecer una
síntesis entre las formas geométricas
y las naturales, que habrá de ser herramienta
conceptual decisiva en su faceta más reconocida
y que le lleva a afrontar esta pieza con cierto
brutalismo y una manifiesta tendencia a la geometrización
de los cortes. El retrato gana, de esta manera,
en fuerza expresiva, en la medida en que, sin
renunciar a su evidente identidad, tiende hacia
lo anónimo.
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