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A finales de los años 80, Txomin
Badiola pugnaba por mantenerse fiel a la modernidad
a la vez que trataba de entablar un diálogo con
los escasos aspectos de la posmodernidad a los
que encontraba sentido. La modernidad, era para
él una forma de seguir manteniendo subyacente
en su trabajo un compromiso ético y estético,
que le mantenía unido a una tradición local específica,
cultural e históricamente hablando, y, al mismo
tiempo, con lo mejor del legado de los constructivistas,
los suprematistas, o Brancusi, por citar algunos
nombres. "La memoria en la escultura", señalaba
Badiola, "es una memoria más del arte que en la
pintura".
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