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Comenzó
su formación artística en Santander,
antes de ingresar, becado por la Diputación
Provincial de Palencia, en la Escuela de Bellas
Artes de San Fernando de Madrid. En los años
veinte gozaba ya de la reputación de ser
uno de los mejores escultores españoles,
y como tal representaría a nuestro país
en las Bienales de Venecia de 1924 y 1932. Participó
en la Sociedad de Artistas Ibéricos, creada
en 1925 como reacción al arte oficial.
En 1936 fue nombrado académico de Bellas
Artes de San Fernando. El desenlace de la guerra
civil le llevó a Francia, Rusia, y finalmente
a América. Tras una prolongada estancia
en Lima, regresaría a España en
1952. Instaló su casa y taller en Toledo,
en el mismo edificio que desde 1967 aloja, como
Museo Victorio Macho, su generoso legado.
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